El Origen de Ceneria

Al principio, había un lugar de posibilidades infinitas, y de ellas salieron los primeros animales y las primeras plantas. Los dioses, que no son conscientes de ningún principio y cuya existencia simplemente era, miraron en esa dirección y ahí la vieron, por primera vez: la tierra de Ceneria. Enseguida se acercaron a mirar movidos por una sincera curiosidad. De todo lo que contemplaron lo que más les cautivó fue el ser humano y el wyvern. El ser humano, quien fue llamado Sabile, vivía en perfecta paz y armonía con el mundo: no tenía preocupaciones, ni envejecía, solamente era. Ni tan siquiera la amenaza de la muerte existía para él. él y el wyvern eran compañeros y disfrutaban plenamente de su compañía. Los dioses, mientras, se divertían contemplando cómo los seres se relacionaban con el mundo.

Pero Manat,en un acto pueril, decidió plantar en el corazón del humano una semilla: el miedo. Sabile, que estaba con el wyvern, de repente sintió como una oleada de terror invadía su cuerpo y levantó la mirada hacia su compañero: entonces, el pánico tomó su ser y huyó ante la ahora aterradora visión del wyvern. El wyvern, incapaz de comprender qué ocurría pero preocupado por Sabile, le buscó.

Los dioses no sabían qué hacer. Pero Thánatos, el mayor de todos ellos, decidió otorgar a Sabile un don que le permitiera luchar contra su miedo, contra el wyvern: el de matar. En ese preciso instante el wyvern encontró a Sabile y, para asombro de la bestia, Sabile le atacó con toda su furia y rabia, en realidad víctima de su miedo. El wyvern, preocupado por su amigo, le esquivaba y evitaba, hasta que uno de los golpes de Sabile le hirió: entonces, al sentir por primera vez el dolor, un feroz rugido salió de su garganta y un brote de llamas cubrió a Sabile hasta reducirlo a cenizas. El wyvern huyó del lugar consumido por la confusión y por el dolor que las llamas habían infrigido a su garganta.

Los dioses, salvo Manat, estaban consternados ante lo sucedido. Thánatos había cometido un grave error: comprendió que al conceder el don de matar a Sabile, también le había otorgado el de morir. Entonces Gibil se puso al frente de los demás dioses y utilizó su poder para resucitar al humano: de las cenizas de Sabile salieron un hombre y una mujer. Pero, dijeron los dioses, el miedo es muy fuerte en ellos y siempre serán su esclavo. Y Ogmio decidió ayudarles.

Ogmio concedió a los seres humanos la capacidad de razonar, de conceptualizar. Mediante este don, aseguró, podrán conquistar a su miedo mejor que ningún otro: les hará distinguir aquéllo que deben seguir y aquéllo que deben dejar si quieren en verdad ser capaces de cortar de raíz la planta que Manat plantó en sus corazones.

Pero Manat no permitió que las cosas quedaran así. Otorgó al ser humano el tiempo, la decrepitud: con el paso de los años iría envejeciendo y perdiendo su vigor hasta, finalmente, morir. La batalla contra su miedo era fútil y estaban destinados a perder.

Nanshe, al ver la terrible maldición de su hermana Manat, se acostó con el supremo Gibil y engendró dos hijos: Alleta y Assabin. Estos dos dioses son los más cercanos a los seres humanos y los que mejor les comprenden. Alleta concedió el don de amar, que les daría fortaleza, y Assabin el don del valor, que es, según dijo, como un campo de cultivo que se siembra con el abono del miedo y del que salen las flores más hermosas. Estos dos atributos, dijo Nanshe, les darían a los humanos la fuerza que necesitaban para superar los obstáculos.

Y así los seres humanos empezaron a colonizar Ceneria y extenderse por sus tierras. No fue hasta pasados muchos siglos que el ser humano volvió a encontrarse con la raíz de su miedo, el terror más irracional que habita en su corazón: el wyvern. Pero eso es otra historia.